La corrupción como fruto de la sociabilidad: "Lo que quiero decir con todos estos rodeos es que la corrupción no es más que una perversión de la sociabilidad (especialmente la masculina). Todas esas malversaciones de capital, tráficos de influencias, sobornos, mordidas, contratos irregulares, etc., ¿no se deciden en mesas bien surtidas y mejor regadas, en conversaciones divertidas y a veces íntimas, entre gentes majas que se tienen verdadero afecto recíproco y que acaban robando a todos los españoles en el cumplimiento banal de sus pequeñas virtudes comunes? ¿No son y se sienten buenos los que manipulan una oferta de trabajo en beneficio de la hija de un amigo necesitado, los que piden o aceptan comisiones de un empresario simpatiquísimo experto en vinos, los que se reparten equitativamente, con filantrópico desapego, el dinero público? Aún más, ¿no son y se sienten también buenos los que, para salvar a España, “hacen lo que pueden” contra el gobierno desde la judicatura o la policía? ¿No se sienten buenos cuando se invitan a comer, se piden la segunda copa, se palmean los hombros con calidez sincera antes de lanzar un bulo, redactar una sentencia o destruir pruebas que podrían inculpar a los suyos? ".

O como el pequeño bien banal cotidiano de la amabilidad sociable, es compatible con las grandes expresiones históricas del mal:

“El Bien banal de la sociabilidad humana, quiero decir, preserva y reconstruye, pero no transforma; aún más: en momentos Históricos decisivos sucede con frecuencia que es él el que se transforma en su contrario: en ese Mal banal que colabora con el Mal radical y su obra de destrucción histórica”.

Esta parte del relato me ha hecho pensar en Wenceslao Fernández Flórez, tan amable y tan franquista.