El artículo, que me ha parecido muy potente.
Enrtre otras cosas, me ha hecho pensar en las diferencias entre el pacto social chino, que está operativo, y el occidental, bastante noqueado.
Pego algunos párrafo significativos:
"Nos hemos contado muchas veces que el populismo es la consecuencia de un malestar generalizado producido por el deterioro de las condiciones económicas. Como si la economía del mundo estuviera enferma y el síntoma fuera la emergencia de esta ideología. Como dijo una vez con mucho éxito Bill Clinton, “¡It’s the economy, stupid!”.
Pero yo creo y quiero demostrar hoy que es al revés: el malestar global que nos atenaza es el síntoma. Incluso el deterioro de las condiciones de vida se puede explicar como consecuencia de esta deriva. El virus es una forma de emprendimiento político que nació tras en los movimientos de protesta posteriores a la crisis de 2008, pero que se fue extendiendo a la política mainstream hasta acabar por contagiar a todos los partidos y no pocas cabeceras de medios de comunicación. Eso es lo que está contaminando las aguas de la convivencia hasta hacerlas pantanosas.
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Al final del siglo XX las Cuatro libertades de Roosevelt llevaban 40 años funcionando a toda vela. No es que no hubiera tiempos de crisis, pero parecía que el mundo no iba a dejar nunca de crecer y de repartir beneficios. Por el camino los países occidentales habían construido y repartido centenares de millones de casas y un número similar de coches y de electrodomésticos y junto a ellos habían nacido los modernos sistemas sanitarios, educativos y de pensiones. En todos los países de Occidente la vida se había transformado más que en ningún otro momento de la historia hasta aquel momento.
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En el contrato social de la “sociedad de la información” los estados habían quedado relegados a la corrección de las fallas del sistema: o bien a redistribuir parte de las ganancias a quienes se quedaban fuera del reparto o bien a liberalizar los sectores económicos que seguían anclados en el pasado estatalista. Para meterse en ese papel, la izquierda y la derecha política habían sufrido una mutación crítica: habían dejado de ser organizaciones dedicadas a proponer y a empujar el mundo en nuevas direcciones y se habían transformado en vigilantes de lo existente. Como si de artistas hubieran pasado a críticos de arte.
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La mejor explicación para el malestar que asola el este momento histórico es esta: la política ha escampado de su responsabilidad y vamos en un coche que ya no tiene nadie a los mandos.
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en los últimos 90 y primeros 2000, separados de la izquierda mainstream, una estirpe de intelectuales muy lúcidos cobró gran relevancia a base de teorizar que la democracia no funciona
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En 2008 ese diagnóstico saltó de los seminarios a la calle. Los movimientos de protesta que siguieron al crack —de Occupy Wall Street al 15-M— cogieron la teoría y la destilaron en un eslogan que cualquiera podía corear: nosotros, los de abajo, contra ellos, los de arriba.
Pero las ideas son peligrosas: son contagiosas y aquella era una crítica de código abierto: “nosotros contra ellos” era una plantilla en la que cada cual podía escribir el nombre del enemigo que prefiriera.
Los primeros en darse cuenta del filón fueron los emprendedores de la nueva derecha. Gente como Steve Bannon entendió antes que nadie que aquel molde antiélite servía para cualquier cosa: bastaba con cambiar a los banqueros por los inmigrantes, o por Bruselas, o por “los globalistas”, y la maquinaria seguía funcionando igual de bien. La izquierda señalaba al capital; la derecha, a los de fuera. Pero la gramática era idéntica: el pueblo puro de un lado, una élite corrupta del otro, y un sistema entero diseñado para estafarte".


