El primer ministro Benjamin Netanyahu suele justificar la matanza que viene perpetrando desde hace más de año y medio en Gaza por la necesidad de que Israel, dice, “acabe el trabajo”. Más allá de la banalización del mal implícita en el hecho de calificar como “trabajo” los bombardeos indiscriminados perpetrados por uno de los ejércitos más poderosos del mundo –unos bombardeos en los que, por lo demás, la justicia internacional advierte presuntos crímenes de guerra y genocidio–, lo cierto es que la imprecisión misma del término “trabajo” permite que Netanyahu evite llamar por su nombre las estrategias seguidas contra Gaza y, en general, contra los palestinos.