Un régimen que es incapaz de garantizar las condiciones materiales más básicas para la clase trabajadora debe ser mandado al basurero de la historia.

La nueva oleada de protestas por el derecho a la vivienda en España ha vuelto a sacar a la calle una evidencia que el poder lleva años maquillando: millones de personas no pueden pagar un techo digno. Alquileres disparados, desahucios, pisos turísticos, fondos buitre y una juventud condenada a vivir en la incertidumbre. El malestar es real, masivo y justo.

Pero no es momento de quedarse en reformas cosméticas: topes temporales, anuncios de más vivienda pública que nunca llega, gestos institucionales y mesas de diálogo. La vivienda no es un “desajuste del mercado”, es la expresión concreta de un sistema socio-económico que hace de nuestros hogares un activo con el que lucrarse y especular. Mientras esa lógica siga intacta, cada medida parcial será absorbida, eludida o revertida.

La salida a esta situación no puede ser, de nuevo, la domesticación del PSOE. Un partido que ha demostrado, una y otra vez, su capacidad para traducir la presión social en lenguaje de estabilidad, presupuestos y “realismo”. Absorbe el malestar, lo convierte en agenda institucional y lo devuelve como gestión. Quien confíe en que esta crisis se salda con un giro interno del régimen de partidos del 78 se va a a llevar una gran decepción.

El Régimen del 78 es el marco que blindó la propiedad, normalizó la precariedad como coste de la “modernización” y convirtió la Constitución y el consenso de la Transición en techo infranqueable de cualquier transformación seria. No se puede hablar de derecho a la vivienda dentro de ese marco. Hay que decirlo sin eufemismos: es momento de mandar al basurero de la historia el Régimen del 78 y el capitalismo que lo sostiene.